8 de agosto de 2011

Reseña "Noches de sal" de David Mateo


“Lavé con sangre el lugar donde la mancha estaba, Porque el honor que se lava, con sangre se ha de lavar”. Mocedades del Cid, Guillén de Castro.

Es casi mediodía. Acompaño a Juan de Dios Garduño y a David Mateo a la Feria del Libro de Valencia; les toca firmar allí. Y entonces David me entrega un ejemplar de su Noches de sal. Hace tiempo que me siento atraída por dicha novela, sobre todo por esa portada que me recuerda a aquellos tiempos adolescentes en los que leía historias de terror. Pero sé que ésta no es una novela solo para adolescentes, que es mucho más.

Por la tarde comienzo a leer. Vamos en el coche de David y no puedo evitar abstraerme de todo. Mientras ellos hablan, yo voy leyendo. En un rato despacho cincuenta páginas y quiero más. Ese mismo fin de semana, cuando ya estoy en mi casa, continuo leyendo y en un par de días la acabo. Juro que al hacerlo me siento triste y desearía continuar con una historia y unos personajes que me han atrapado de principio a fin. Yo me siento Aurora, y tal vez tú te sientes patri o Abel.

Desde que leí Noches de sal para mí Valencia no es la misma. Recorro las callejuelas imaginando que los personajes de esta novela caminan por ellas, como yo. La calle de Los Nocturnos se me antoja peligrosa y si miro hacia la ventana de una de sus casas creo ver en ella a Aurora, mirándome fijamente, y por detrás a su Abel, abrazándola con infinita ternura.

Hace años que no leía una novela que me llegase tanto. No al menos contemporáneas. Porque yo soy mucho de leer literatura clásica y me atrevo a afirmar que David ya no tiene nada que envidiar a muchos de sus autores.

David es un amigo pero eso no importa. Si su novela fuese mala malísima aquí estaría yo para decirlo y sé que él lo entendería. Pero también sé que esta historia se la trabajó mucho y ha logrado lo que pretendía: cautivar a todos los lectores, tanto a jóvenes como a mayores, hombres y mujeres. Así que vamos a adentrarnos en ella, queridos lectores, vamos a buscar a los Nocturnos.

La historia no podría comenzar mejor. Os aseguro que desde la primera palabra, desde la primera línea, desde el primer párrafo, os sentiréis atraídos por la vida de Aurora: “Aurora recordaba la pequeña candelilla flotando en un recipiente con un poso de aceite. Su madre solía dejarla en el suelo del pasillo, y la luz que desprendía bailaba en las paredes, como si alguien quisiera apagarla pero no tuviera suficiente aire en los pulmones”. Y entonces nos sumergimos en la típica —o no tan típica— fiesta de niñas, aquellas fiestas en las que la tontita del grupo nos decía que nos atreviésemos a hacer algo que en realidad nos daba mucho miedo. Pero Aurora arriesga demasiado y su destino quedará marcado desde entonces. El ambiente recreado por David es tan lúgubre que no podemos evitar sentir un escalofrío que se desliza por nuestra columna como las patitas de un insecto, y pensamos en leyendas urbanas que hemos contado con nuestros amigos, agradeciendo que no hayamos sufrido tal y como a partir de ahora lo hará Aurora.

Y entonces damos un salto en el tiempo y nos trasladamos a la actualidad. “Los kieroooo… los kierooooooo… ¿dónde están los nocturnos?”. Al igual que el personaje de la historia, en nuestra mente recreamos esas palabras pintadas en la pared. Y nos preguntamos quiénes son los nocturnos. Me atrevo a decir que son el eje de la historia a través de los cuales se va a tejer toda una maraña de acciones y que nos transportarán vertiginosamente al desenlace final.

En la actualidad nos encontramos con Abel y sus compañeras de piso, Patricia y Lorena. Son estudiantes de medicina, al igual que lo es Rafa, el novio de Lorena. David acierta plenamente al contarnos las relaciones que se establecen entre unos y otros, y de este modo, alterna el drama —porque considero que esta novela es sobre todo un drama, a pesar de contar con una historia terrorífica— con situaciones divertidas e incluso emotivas. Cuando estamos con ellos, aquellos que somos estudiantes dibujamos una sonrisa al imaginarlos en la cafetería de la facultad hablando sobre exámenes. Pero en realidad, a Abel le apasiona otra cosa, y es dibujar. Será esta pasión lo que le lleve hasta Aurora, la cual tiene otra: la literatura. Será Abel el que consiga con su amor vencer las barreras que ha construido la muchacha, porque ella tiene miedo, mucho miedo, porque en realidad aquel destino del que hablamos antes la persigue, y desde el momento en el que entrelacen sus manos y junten sus labios, también será el destino de todos estos personajes y de todos aquellos que recorren la novela.

No quiero hablar más sobre el argumento, no me gustaría destriparlo, ya que como he dicho desde el primer momento el misterio está servido, así que debéis ser vosotros, lectores fieles, los que se embarquen en esta aventura e intenten descifrar todos los juegos que en ella se nos presentan. ¿Y por qué hablo de juegos? Muy sencillo: David también es un apasionado de la literatura, se le nota y por ello ha construido una novela en la que la metaliteratura está bien presente. Una y otra vez aparecen los Nocturnos, y continuamente hace que uno de sus personajes (uno de los más interesantes) repita los siguientes versos: “A tus ojos poner quiero, letras que en mi alma están, y en los míos, como imán…”. Para aquellos que no lo sepan, estos versos provienen de las Mocedades del Cid, una obra teatral de Guillén de Castro, dramaturgo valenciano del Siglo de Oro. Cuando leí estos versos, junto con otros como “Si ya la tierra de que estoy compuesto no quieras que volviendo al ser primero me sirva de muerte y sepultura…”, el corazón se me encogió. Adoro la literatura del Siglo de Oro, sobre todo el teatro, y hoy en día es difícil que alguien se fije en ella. Quiero haceros entender que estos versos son muy importantes, que David no los ha metido en la novela por hacer bonito o parecer un pedante, sino que son una de las claves para ir desentrañando esos misterios que se nos presentan. Tan solo dejaos llevar por esa magia que desprenden. En realidad opino que David nos ha acercado a una literatura que “ya ha pasado de moda” y por ello le agradezco que la reviva, que nos la haga recordar.

No os voy a desvelar quiénes son los Nocturnos, pero sí dejaros caer que en realidad tiene un sentido figurado también. Buscad en google si os carcome el gusanillo de la curiosidad pero os aseguro que en la novela os llevaréis una buena sorpresa.

También me gustaría hablar de un personaje muy importante en esta historia y que tal vez al decir cuál es os quedéis extrañados: ese personaje es la ciudad de Valencia. ¿Cómo puedo decir que una ciudad es un personaje? Pues así es, al igual que en Los pazos de Ulloa la naturaleza se convierte en personaje que domina a los otros, también lo hace Valencia en Noches de sal. David Mateo estudió profundamente nuestra capital levantina, y estoy segura de que la adora y la ama. El recorrido que nos hace de la ciudad es tan perfecto que parece conocérsela de memoria y nosotros asentimos con la cabeza cada vez que recordamos que hemos visitado ese lugar o que lo conocemos.

Valencia es una ciudad llena de sol y gente pero en Noches de Sal también está plagada de sombras, de claroscuros (¿acaso no era así, por ejemplo, el Barroco?), y calles alegres durante el día se convierten en amenazantes por la noche. Como dije, desde que leí esta novela, la capital ya no es para mí la misma, y si cuando ha oscurecido camino por una callejuela poco transitada abro bien los oídos, mientras nerviosa imagino que voy a escuchar… “Un, dos, tres… ¿Dónde están los Nocturnos?”. Así es la novela de David Mateo, tan arrolladora y con tanta fuerza que incluso cambia tu vida. Porque ya nos hacía falta una obra que estuviese completamente ambientada en Valencia y que la tuviera tan en cuenta que domina toda la trama.

En cuanto al tiempo de la narración, es un tanto complejo, pero David lo soluciona perfectamente. El tiempo cronológico es más o menos el actual, pero dentro se exhiben varias líneas temporales: en primer lugar, cuando Aurora era una niña pequeña, en segundo lugar, quince años después, cuya protagonista de la historia será Patri, que ya se ha convertido en una mujer y trabaja de forense, y en tercer lugar, quince años antes, cuando los amigos son jóvenes, estudiantes de medicina, que comparten una vida en común que se rompe con la aparición de Aurora. No puedo decir que ninguna de estas líneas sea la más importante, pues en realidad todas ellas están interconectadas y están tan bien tejidas que David no se ha dejado ni un solo detalle suelto.

El tempo de la narración es magnífico. Durante casi toda la obra la acción es vertiginosa, pero como apenas tendríamos tiempo para respirar si esto fuese así, David lo soluciona: cuando la acción es lenta, enseguida lo soluciona pasando a una narración más rápida y a la inversa. Todo ello unido a un excelente manejo de la prosa que me ha dejado gratamente sorprendida, pues pienso que David conoce nuestro lenguaje, sabe de sus herramientas, y lo mima y lo cuida. Así es como debería hacerlo todo escritor que realmente ama la literatura. Cuando la prosa necesita ser más cuidada, David no duda en hacerlo, y así encontramos bellas descripciones, sobre todo en cuanto a los personajes y a la ciudad de Valencia. Pero merecen destacarse lo que yo llamaría las escenas costumbristas, que son aquellas en las que los personajes se muestran en todo su esplendor, tal y como son, mostrando un ambiente popular, el de nuestra Valencia. Los diálogos así se tornan coloquiales, con insultos, palabras malsonantes, con lenguaje propio de los jóvenes o incluso de los oficios que desempeñan. David sabe utilizar todo esto perfectamente y recrea las escenas de un modo tan sublime que parece que estemos comiendo con los personajes o coqueteando mientras lo hace Patri.

También me gustaría hablar sobre algunos de los personajes. En realidad todos son dignos de analizar y de desarrollar por extenso, pero para mí, los más importantes son Abel, Aurora y Patri y aunque los otros también deben considerarse, son estos los que aportan una fuerza tremenda a la novela.

He de reconocer que llegó un momento en el que detesté Aurora, aunque en el fondo me siento totalmente identificada con ella. Eso no quiere decir algo malo, sino que David es tan bueno creando personajes y desarrollándolos, que hace que sintamos hacia ellos sentimientos dispares, tal y como creo que debería ser siempre. Porque a lo largo de la vida las personas cambian y si queremos que la literatura sea un espejo de costumbres, entonces tenemos que lograr que nuestros personajes no sean planos, sino que evolucionen también. No somos igual de pequeños que de adultos y por ello no son igual los personajes de Noches de sal. Yo no sé muy bien por cuál decidirme. He de reconocer que Patri es otro de mis personajes preferidos y pienso que es la mejor construida. Es perfecta porque nos demuestra que nuestras acciones nos condicionan y también las de los demás.

Todos ellos son muy cercanos a nosotros, son los amigos con los que quedamos para tomar unas cervecitas o los vecinos que podemos encontrarnos cualquier día al salir de casa.

No me queda decir mucho más, simplemente agradecer a David Mateo que escribiese esta novela porque ha sido una grata sorpresa para muchos lectores. Cuando hablé con él le dije que hacía tiempo que no me enganchaba tanto a una novela actual y lo digo sinceramente. Es una historia muy trabajada, espléndidamente escrita, con unos personajes estudiados. No se le puede pedir más (bueno, sí, que no se hubiese acabado, pero eso jamás puede pasar). Como futura filóloga, le dije incluso que si por mí fuese hablaría de la novela en mis aulas porque merece la pena. Tanto esfuerzo se merece un gran aplauso ( que aquí no se lo podemos dar pero lo imaginaremos) y una felicitación. Yo hablaría de esta novela como una historia de realismo fantástico con tintes dramáticos. ¿Por qué realismo fantástico? Pues porque a pesar de que aparecen elementos sobrenaturales, también hallamos, como he dicho, una historia muy cercana a nosotros y que en realidad tiene mucho peso. Elementos cotidianos que acaban traspasando la frontera de la realidad.

Y yo creo que los versos de Mocedades del Cid se pueden aplicar perfectamente para lo que David quiso hacer con su obra: “A tus ojos poner quiero, letras que en mi alma están”. Pues Noches de Sal ha salido del alma de un escritor con un gran talento.

Quiero poner también aquí unas palabras que le dije hace tiempo a David, mientras leía la novela, y que a mi parecer son importantes: “Este año leí a Vicent Andrés Estellés, "Llibre de meravelles" y aunque tú no eres poeta te digo yo que casi podrías estar ocupando su lugar en el sentido de que estás haciendo una crónica de la Valencia de nuestro momento y lo estás haciendo genial. Ni te imaginas lo que está siendo para mí introducirme con Abel y Aurora en las calles de Valencia, los Nocturnos, la Calle de las Comedias, Ruzafa, etc. Todas ellas se me antojan tan cercanas (porque lo son, y es lo mejor cuando lees una novela) que parece que esté caminando junto a ellos”.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada