“Recuerdo
el sonido de la soledad en mi infancia”. Con esta frase tan sencilla pero
complicada a la vez, y llena de matices, da comienzo la historia de Nacho en la
que es la segunda novela de Darío Vilas, Lantana.
Donde nace el instinto. Con este comienzo sabía que no me iba a ser nada
difícil disfrutar con esta historia. Y he de reconocer que la he disfrutado
mucho más que la de Instinto de superviviente.
El
motivo es bien sencillo: Darío se ha superado en esta segunda novela. Es algo
que me encanta observar cuando voy siguiendo la estela de un escritor. Hay
algunos que se estancan en el mismo estilo que en sus primeras obras. No es que
Darío haya cambiado su estilo, pero lo ha madurado y, además, está claro que
con esta novela ha hecho todo lo que él sentía y quería. Es algo de agradecer
porque así lo disfrutamos los lectores también. Ya dije hace poco que a Darío
le gusta moverse en el terreno de las cosas sencillas porque es allí donde se
encuentran las auténticas cosas profundas e importantes. Os preguntaréis que
cómo puedo decir tremenda estupidez, si es totalmente contradictorio. Yo
considero que no lo es, y Darío también me lo demuestra con la historia de
Nacho.
Nacho
es un joven que va a trabajar a la fábrica de recipientes de Lantana, una
ciudad que se encuentra en pleno desarrollo económico. La vida de Nacho ha sido
hasta ahora… ¿nada? Y él piensa que es allí donde todo por fin va a cambiar, y
verdaderamente no se equivoca. En la ciudad conocerá a Mari, una mujer que está
tan sola como él, aunque por cuestiones distintas. Ésta tiene una niña pequeña,
con la que Nacho congeniará a la perfección. Todo parece ir bien hasta que el
joven se da cuenta de algo: Lantana y él se atraen demasiado, hay algo que él
puede sentir y los demás no. Será con la ayuda de un extraño hombre llamado
Niilo que descubrirá algo tan espantoso que les reclama, algo que acabará con
toda esa tranquilidad con la que Nacho soñaba.


