25 de febrero de 2013

Reseña LANTANA, de Darío Vilas



“Recuerdo el sonido de la soledad en mi infancia”. Con esta frase tan sencilla pero complicada a la vez, y llena de matices, da comienzo la historia de Nacho en la que es la segunda novela de Darío Vilas, Lantana. Donde nace el instinto. Con este comienzo sabía que no me iba a ser nada difícil disfrutar con esta historia. Y he de reconocer que la he disfrutado mucho más que la de Instinto de superviviente.

El motivo es bien sencillo: Darío se ha superado en esta segunda novela. Es algo que me encanta observar cuando voy siguiendo la estela de un escritor. Hay algunos que se estancan en el mismo estilo que en sus primeras obras. No es que Darío haya cambiado su estilo, pero lo ha madurado y, además, está claro que con esta novela ha hecho todo lo que él sentía y quería. Es algo de agradecer porque así lo disfrutamos los lectores también. Ya dije hace poco que a Darío le gusta moverse en el terreno de las cosas sencillas porque es allí donde se encuentran las auténticas cosas profundas e importantes. Os preguntaréis que cómo puedo decir tremenda estupidez, si es totalmente contradictorio. Yo considero que no lo es, y Darío también me lo demuestra con la historia de Nacho.

Nacho es un joven que va a trabajar a la fábrica de recipientes de Lantana, una ciudad que se encuentra en pleno desarrollo económico. La vida de Nacho ha sido hasta ahora… ¿nada? Y él piensa que es allí donde todo por fin va a cambiar, y verdaderamente no se equivoca. En la ciudad conocerá a Mari, una mujer que está tan sola como él, aunque por cuestiones distintas. Ésta tiene una niña pequeña, con la que Nacho congeniará a la perfección. Todo parece ir bien hasta que el joven se da cuenta de algo: Lantana y él se atraen demasiado, hay algo que él puede sentir y los demás no. Será con la ayuda de un extraño hombre llamado Niilo que descubrirá algo tan espantoso que les reclama, algo que acabará con toda esa tranquilidad con la que Nacho soñaba.

1 de febrero de 2013

No sé si amo la poesía, pero...

... sé que amo a algún que otro poeta, sin con eso ya puedo decir que amo la poesía, entonces sea así.

Lo que sé es que siempre tendré que agradecer a cierta profesora de la facultad el descubrimiento de ciertos poetas a los que no conocía, y sin los que ahora no puedo vivir. Se me da bien escribir cuando es ficción y sobre los sentimientos de otros, pero no sobre los míos. Me cuesta decir lo que siento cuando leo a poetas como Luis Rosales o Ángel González, que me traen recuerdos y seguirán trayéndomelos cuando sea, tal vez, una viejecita. Amo sus palabras y lo noto en el estómago. ¿Sabéis eso que dicen que cuando estás enamorado sientes mariposas en el estómago? pues es verdad, yo las noto en mí (aunque no sé si son mariposas, pueden ser otras cosas...), en mi estómago, enn mis ojos, en mi garganta, en el corazón, en el alma... Revolotean por mi organismo y me hacen sentir más viva que nunca. Las noto cuando leo a Ángel González o a Luis Rosales. Nunca me canso de leerles, siempre encuentro algo nuevo.

23 de enero de 2013

Un breve adelanto de la antología "Angelicata vs diavola"

[...]Yo no sé si ustedes habrán conocido el dolor. De todas formas, no sé a ciencia cierta si lo que yo he sentido durante toda mi vida ha sido sufrimiento. Seguramente fue odio. Un poco de furia. Tal vez algo de vergüenza. Lo que yo sentí apresándome el corazón con fiereza fue terror.
 
Hubo un año que estudiamos en Teoría de la literatura el unheimlich freudiano. Y el profesor nos recomendó leer un relato llamado El hombre de arena. En su manual también nos instaba a echarle un vistazo a una novela de Stephen King, Cementerio de animales. La mayoría de compañeros sintieron escalofríos al leer esas dos obras. Yo me reí durante un buen rato cuando las acabé. Nada me daba miedo. El pánico a la oscuridad me parecía irrisorio. Lo siniestro un cuento para asustar a los niños.
 
Pero un ser superior quiso castigarme. Por burlarme. Y entonces me convertí en un hereje. En un hereje aterrado. Porque yo, señores, conocí el unheimlich. Porque a cada paso que daba en mi nueva vida me adentraba en una negrura creciente. No hay nada peor que temer lo que una vez fue para ti familiar. Hacer el amor con lo que en ocasiones te repugna. Espero que ustedes nunca tengan que sentir en sus entrañas lo que a mí me inundó como el mar en tempestad, arrastrándome hacia olas cada vez más rabiosas. El baile de la vida y la muerte. Los besos con sabor a podredumbre. Las sábanas teñidas de sangre de aquellos a quienes amas. Caminar por senderos llenos de espinas [...].

22 de enero de 2013

Reflexiones y autocrítica

Es doloroso querer ser grande, necesitar sentir que has hecho algo por la humanidad, aunque sea contando historias.

¿Es triste tener delirios de grandeza?


17 de diciembre de 2012

Microrrelato con grandes frases de la literatura.

En una asignatura del máster teníamos que crear un microrrelato formado a partir de grandes frases de la literatura... Y aquí está el mío (la verdad es que ha gustado, con lo reñida que estoy yo con los micros...). A ver cuántas obras sois capaces de reconocer.



MICRORRELATO A PARTIR DEL CANON LITERARIO

 Un amor muy literario
 
¿Encontraría a la Maga? No sé dónde ni cuándo volveré a verla, a tocar su verde carne, pelo verde. Tal vez en un lugar de la Mancha o cuando vuelvan las oscuras golondrinas.
Mis días con la Maga fueron como un sueño y yo debería saber que los sueños, sueños son y que la risa de la Maga no tintineará en mis oídos, porque todo es igual y tú lo sabes, y porque de esta manera estamos hechos, mitad indiferencia mitad ruindad.
Recuerdo que antes de perderse en la niebla, la Maga me dijo: “Empieza por el principio; y sigue hasta llegar al final; y allí te paras”. Su sonrisa era grande y enigmática y solo pude responder: “¡Oh! ¿Por qué yo no soy de piedra como tú?”
Dijo un hombre –que para mí es un sabio de las pasiones humanas- que todos tenemos dentro el cielo y el infierno. Tal vez fui un diablo con la Maga, tal vez un ángel condenado. Pero si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas.
Y que sepas, Maga, que estos son los últimos versos que yo te escribo.

5 de noviembre de 2012

¿Cómo "vender" un libro que te hace vibrar y sientan esa vibración?

En una asignatura del máster nos han dicho que tenemos que "vender" el libro que más nos haya gustado. En un primer momento dudé algo, porque todo el mundo que me conoce un poco sabe lo mucho que me encanta Cortázar. Sin embargo, creo que hay otro autor que merece ser conocido algo más. La gente que me conoce todavía un poquitito más sabe lo mucho que se me ha metido en las entrañas Luis Rosales con su casa encendida. Hay muy pocos días en que no lo recuerde desde que lo leí. Es como si sus versos fuesen dirigidos a mí. Hay pocos escritores y obras que te lleguen así. Luis Rosales lo consiguió conmigo. No sé si diré exactamente estas palabras en la exposición, no quiero parecer una loca, pero Luis Rosales sabe qué decir y cómo decirlo a cada momento.

Tal y como él dice en su poemario, el hombre que conoce el dolor y vuelve después, no es el mismo hombre.Y yo pienso que alguien que lee su poemario y que lo siente muy, muy adentro, tampoco vuelve a ser el mismo. Al menos, yo no lo soy. Rosales fue capaz de transmitir a mi alma todo el dolor que recorría sus versos. Sin embargo, también me traspasó su esperanza. Es un poemario que debe leerse con tranquilidad, saboreando cada metáfora y paladeando cada palabra. Y supongo que, como pasa con todas las lecturas, necesita su momento. Tal vez, si yo lo hubiese leído cinco años antes, no hubiese sentido lo que siento ahora cada vez que lo releo. Un cosquilleo profundo en las entrañas. Y cada vez que lo releo, descubro cosas nuevas en él. Esa es también la magia de la literatura. 

Gracias, Rosales, por hacerme sentir tan viva. Gracias por hacerme amar tu poesía.

"y yo quiero deciros que el dolor es un don
porque nadie regresa del dolor y permanece siendo el mismo hombre" (Luis Rosales, La casa encendida)

19 de octubre de 2012

Amor América (1400)

Antes de la peluca y la casaca
fueron los ríos, ríos arteriales,
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

El hombre tierra fue, vasija, párpado
del barro trémulo, forma de la arcilla,
fue cántaro caribe, piedra chibcha,
copa imperial o sílice araucana.
Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
de su arma de cristal humedecido,
las iniciales de la tierra estaban
escritas.


Nadie pudo
recordarlas después: el viento
las olvidó, el idioma del agua
fue enterrado, las claves se perdieron
o se inundaron de silencio o sangre.

No se perdió la vida, hermanos pastorales.
Pero como una rosa salvaje
cayo una gota roja en la espesura,
y se apagó una lámpara de tierra.

Yo estoy aquí para contar la historia.
Desde la paz del búfalo
hasta las azotadas arenas
de la tierra final, en las espumas
acumuladas de la luz antártica,
y por las madrigueras despeñadas
de la sombría paz venezolana,
te busqué, padre mío,
joven guerrero de tiniebla y cobre,
o tú, planta nupcial, cabellera indomable,
madre caimán, metálica paloma.

Yo, incásico del légamo,
toqué la piedra y dije:
¿Quién me espera? Y apreté la mano
sobre un puñado de cristal vacío.
Pero anduve entre flores zapotecas
y dulce era la luz como un venado,
y era la sombra como un párpado verde.

Tierra mía sin nombre, sin América,
estambre equinoccial, lanza de púrpura,
tu aroma me trepó por las raíces
hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
palabra aún no nacida de mi boca.